La mano de siempre

De pequeñas, antes de dormir, nos dábamos “la mano de siempre” de una cama a otra. Con el tiempo, empezamos a imaginar que entre nosotras se levantaba un muro de ladrillo, de acero, de vidrio, y que no importaba, lo atravesábamos sin esfuerzo con esas manos que se encontraban en la noche.

A veces le escribo, para compartir, para dudar. Y ella, que no es partidaria de los detectores de mentiras, responde siempre: “Vive”.

  1. Cristina Saez

    Qué bonito… La foto es preciosa. Leo en el libro de Conangla y Soler que una infancia feliz es la mejor garantía para un individuo adulto feliz, con su territorio emocional bien asentado…

  2. Cristina, no hay infancias felices, solo momentos felices y por tanto, no hay individuos adultos felices sino individuos adultos capaces de vivir momentos felices. No todos pueden decir lo mismo. Para mí es un privilegio.
    A veces nos inventamos historias para sentirnos más fuertes ante circustancias dificiles, pero a la larga nos damos cuenta de que, como me dijo mi madre hace mucho tiempo, nacemos solos y nos morimos solos.
    Si existiera una máquina del tiempo, me encantaria mirar hacia atrás y disfrutar de nuevo con mayor consciencia de todos aquellos momentos que compartimos.
    Cuando veo a mis hijos jugar entre ellos, me regalan un poco de esa máquina del tiempo inexistente y me siento feliz de nuevo. Soy afortunada. Lo sé.

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