Una radiografía al trasluz

Me llamaba “princesa” desde los tiempos en que me había “salvado la vida”, según el relato familiar, cuando yo tenía un año y pesaba apenas 6 kilos. En esa época, mi madre me había llevado al pediatra y, al despedirse, éste le había hecho una broma cruel: “átela bien o se la llevará el viento”. Fue el Dr. Azoy quien poco después entró en mi oído, secretamente infectado, e hizo posible que empezara a ganar peso. Si lo pienso ahora, tiene mucho sentido.

Más tarde, ya adulta, volví a visitar su consulta de otorrinolaringología. Seguía siendo a sus ojos la princesa etérea a la que él había dado aplomo. Era un especialista en ver mocos ocultos y yo los tenía bien escondidos, en un hueco de la región occipital. Me mostró la radiografía al trasluz y me señaló orgulloso todo lo que en las personas normales era negro, vacío, y que en mí parecía hueso, de tan blanco y compacto. Se preciaba de haber curado a un famoso motorista, y al mismo Rey, de una sinusitis tan insidiosa como la mía. Con una cabeza de plástico abierta sobre la mesa, me explicó lo que nos ocurría a mi padre y a mí: teníamos los “conductos de desagüe” muy estrechos, todo salía muy despacio. Si no mejoraba en una semana, tendría que operarme en seguida, ya que la infección estaba cerca del cerebro. Antes, sin embargo, iba a darle al cuerpo una última oportunidad de reacción con una inyección extraordinaria de antibiótico. Recuerdo la expresión asustada de la enfermera: “Doctor, sólo tiene veinte años…”. Era octubre y ahora pienso en que mis padres se acababan de divorciar. Pasé una semana entera tendida en el sofá de casa sin poder librarme de un dolor de cabeza atenazante. Pero al cabo de los días empecé a mejorar y me libré del quirófano.

Desde entonces, todos los otoños me resfrío puntualmente y continúo con mis problemas de exteriorización. Me tumbo en la cama vencida por una cabeza pesante, respiro por la boca y me acuerdo del Dr. Azoy, ya muerto, y de mi radiografía tan blanca.

(En la foto, un ejemplar de Metrosideros excelsa, o Christmas Day Tree, como se conoce en Nueva Zelanda. Fue plantado en los Palheiro Gardens de Funchal.)

Un Comentario

  1. Benvolguda Yvette, em sento avui també unida a tu al descobrir que has patit infeccions d’orella. Jo les vaig superar deixant de fer immersions dins l’aigua, volia ser peix i les otitis no em van deixar. Aquesta és una entrada molt tendra, com totes les que tu fas. En aquest matí plujós, acabo d’esmorçar i la meva curiositat per saber més de tu, ha fet que obrís el google i et descobrís. T’he conegut a través la revista CuerpoMente, avui t’he trobat. Gràcies per ser aquí.

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