Relevo

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Antònia, nuestra vecina octogenaria, me recibió en el comedor de su casa, de nuevo sentada junto a la ventana. Había buscado las fotos que le pedí. Las iba sacando una a una de una lata de membrillo que refulgía al sol de la tarde, como no pensé que sucediera más que en los pueblos castellanos. Sobre el tapete de ganchillo. Quiso darme dos de esas fotos y ahora las tengo abarquilladas sobre la mesa. Me contó algunas primeras cosas, con esa fuerza que la caracteriza y que le hace tomarme el brazo con sus grandes manos sarmentosas y transmitirme la energía que aún la recorre, la firmeza de hierro con que se ha movido por la vida.

Estuve entrando en esa caja de membrillo y también en el garaje de Peret, en la cocina grasienta en la que, a sus 99 años, se sienta con su gato. Me enseñó otras fotos, también arañadas, que fotografié sobre los destornilladores y alicates abandonados en su antigua mesa de trabajo. Me contó su infelicidad de huérfano, el modo en que ser un niño sin padres le había inoculado la tristeza. Me habló de un Chevrolet verde descapotable en el Bilbao de la guerra, de esa mujer secreta de la que se enamoró y, sobre todo, me contó lo de aquella primera noche juntos escapados a un hotel, aquella noche magnífica, ¡magnífica! Y sus gestos eran tan hermosos, la expresión de su voz derramaba tanto amor, que pensé en esa noche como un tesoro que justificaba su vida.

Recojo estas historias en un lugar de paso al que llegó el ferrocarril. Tomo esas escenas grabadas a fuego en las mentes de los que morirán. Las tomo y las pongo a recaudo. A medida que van muriendo quienes vivieron la Guerra Civil desaparece un registro oral que ya no es posible entre el resto de nosotros.

Les escucho. Y voy con ellos un domingo de 1916 a jugar con el vapor del “tren de humo”, que llega a las cuatro a este pueblo que entonces aún no existe mucho. Veo pasear la bañera comunitaria por las calles, llevada a las casas de los enfermos, llenada con esfuerzo de río y fuego. Oigo más tarde la sirena de la fundición, que hace de reloj para los hombres de mono azul pero también para todos los demás. Sigo a las mujeres caminando hasta las fábricas de toallas. Busco todo eso en el emplazamiento actual, derruido, acabado. A partir de retazos de vida reconstruyo un siglo. Trenzo sus pasos, los llevo a un mismo suelo por el que han pisado todos. Leo sobre el impulso que crea un lugar y asisto a sus mudanzas. A menudo una sola vida abarca muchos tiempos.

  1. nOelia

    Me encantó. Gracias.

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