Horas claras

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En los paseos meditativos con los perros en los que no vamos a ninguna parte, por el bosque, alrededor del prado alto, eligiendo los senderos que quieran los pasos, nos sobreviene siempre una ebriedad, una felicidad súbita de fiesta y libertad. El parpadeo de las hojas de los árboles al trasluz, cuando nos adentramos en el túnel de sombra, nos parece de una electricidad clorofílica y yo quiero correr a detener esa belleza con un clic que se parezca a la sístole del corazón.

 

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