África (I) – Ngoro-Ngoro, Tanzania

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Llegamos a África al principio del día y el olor es a pasto seco, paja. Hemos aterrizado casi a los pies del Kilimanjaro y nos sobrevuelan pájaros e insectos nuevos.

En los próximos días, Tanzania será una sucesión de carreteras precarias, a un lado y otro de las cuales veremos desarrollarse la vida africana: una fila delgada de tiendas y bares que se van dando la mano sobre la tierra naranja. Adelantaremos a pastores, niños, mujeres, bicicletas, carros, grupos de hombres sentados sin ocupación. Sentiremos su paso ligero, el Hakuna Matata que brilla en sus miradas.

Pero la Tanzania que sobre todo conoceremos será la de la planicie del antiguo cráter del Ngoro-Ngoro, hoy protegida como Área de Conservación y recorrida ordenadamente por todoterrenos cargados de turistas. De lejos, no le veremos aún las flores blancas apenas levantadas de la hierba, ni le distinguiremos los ñúes ni las garcetas, sólo el verde palidecido y, en el centro, un lago salado, el Magadi, refulgiendo en láminas de luz bajo el sol.

Escucha la lluvia tenue que cayó entonces.

Una vez descendidos al interior de la antigua boca del volcán, todo animal se dibujará nítido sobre el verde liso. Veremos la trayectoria de los pelos de los ñúes, esos animales que los tanzanos llaman tan feos, hechos con un poco de cada animal. Y el amarillo perfectamente dispuesto que corona la cabeza de las grullas reales. Habrá misterio en tanta belleza perfilada, milimetrada. Los leones dormirán, cuatro leones machos expulsados de la manada y que tendrán que buscar su territorio. Dormirán acosados por prismáticos y teleobjetivos, aplastando la hierba, aún juntos, a punto de un nuevo camino.

Y mientras todo esto ocurra, y nuestro guía se adormile con los baches y nosotros cumplamos con nuestra previsibilidad europea, un círculo de bosque selvático seguirá creciendo desmesurado en las paredes del cráter, con voracidad de liana, por entre los monos, salido de la tierra fértil de lo que un día fue un volcán. Y tanto verde se superpondrá, se abrazará y se enmarañará en catedrales de hojas. Veremos este verdor avanzando por el borde del cráter camino del hotel. Y una vez ahí, por la noche, sin ninguna verja que nos delimite, vendrán los búfalos a pacer frente a nuestras cabañas y veremos sus ojos a la luz de las linternas, bajo la lluvia débil de una nube chocada.

A la mañana siguiente nos llevarán de nuevo colina abajo y veremos el rojo y el azul de las túnicas masai sobre el verde impoluto, su círculo de chozas rodeadas por una empalizada. Nos recibirán alineados, nos cantarán y bailarán, saltarán, uno de ellos nos tomará de la mano, nos llevará a su choza, entraremos agachados. A oscuras, oleremos entonces las paredes de barro, paja y bostas, sabremos de su mundo no decorado, su vida esperable de 45 años, que llena de sonrisas.

Nuestro anfitrión de 27 años, hijo de uno de los 24 matrimonios del jefe del asentamiento, nos hablará amigable en su inglés suficiente, acostumbrado. Vive con una esposa y un hijo: el ganado del que dispone, las cabezas animales con las que ahí se mide la riqueza, no le da para pagar más dotes. Los cantos alegres de los niños nos llevarán de nuevo afuera, siguiendo un circuito calculado hasta la escuela levantada con cañas, aún dentro del poblado. Al final de la visita nos quedará el paso obligado por la exposición de abalorios que las mujeres venden, la opción de agradecer ahí su hospitalidad y, sin duda, de contribuir a su futuro. Para entonces habrá llegado ya un nuevo turno concertado de turistas, una familia china. Y nos despediremos con el viento de muchas preguntas, sobre su precariedad pero su sencillez, sobre el peligro y la necesidad del turismo, con el sueño de una intersección posible entre dos saberes: lo que aún no han olvidado los masai y lo que ya hemos aprendido en Europa.

Puedes ver una breve grabación de las danzas y los saltos que nos dedicaron aquí y aquí.

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