La alberca de El Negre

Me acerco a la alberca del Mas El Negre, una y otra vez. Subo la pequeña loma, alfombrada de verde alto y flores que a Sandra le duele segar, y miro. Primero es el color, un verde lima clamando en la podredumbre. Quizá también el cazamariposas quieto, como un presagio de muerte o de transmutación. Pero al principio solo es el color, la llamada abstracta. Pego mi vientre a la piedra caliente y meto la cabeza. Me atrae la luz, esa pesca de oro allá donde la descomposición, una súbita belleza penetrando la oscuridad. Pero todavía es solo el color, el dorado de Klimt. Y el recogehojas, como una duda o un enigma. Desde la casa, Sandra, que es medio suiza, me está viendo tenderme boca abajo y hundir la cabeza en la alberca sucia. Qué es eso que veo, se extraña con su tarro humeante de café en las manos. Ha de limpiar esa balsa ya.

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